Pasear hoy por el epicentro turístico de Roma significa encontrarse en algún momento del recorrido con la magnífica plaza, de extraña forma, que en nuestro días se conoce como Piazza Navona. El hecho de observar su monumentalidad y belleza, dando una vuelta por los diferentes puestecillos improvisados en los que los artistas muestran su arte (en Navidad el decorado se transforma en un alegre mercadillo de productos navideños), nos genera irremediablemente una sensación de relajación y alegría. Pero no siempre fue así…

Con el pasar de los siglos, el Circo quedó algo olvidado, hasta que en el Renacimiento volvió a recuperar su ambiente lúdico mediante las batallas ¡¡navales!! que se organizaban en ella, el humilde escritor aún se sigue preguntando como diablos conseguirían hacerlo (yo que me maravillo al ver como los americanos logran montar y desmontar un escenario para dar un concierto en los minutos que dura el descanso de la Superbowl), de lo que no tengo ninguna duda es que el espectáculo debía ser algo digno de verse.
Pero la “batalla” más enconada e igualada tuvo lugar en el Barroco, durante el siglo XVII, cuando dos genios se vieron enfrentados cara a cara en este lugar tan especial. Su odio mutuo y sus golpes de compás, cincel y genialidad, han dejado su eterna impronta en la historia del arte. Bernini y Borromini, o lo que es lo mismo, los dos grandes maestros del Barroco, dos de los mejores artistas que hayan existido jamás. Borromini, con sus manías de artista inigualable que rozaban la locura. Bernini , polifacético, con sus buenos modales y una gran habilidad para relacionarse con las personas oportunas.
El extravagante Borromini nos regaló la Iglesia de Sant’Agnese in Nagone, que representa a la perfección todas las características de la arquitectura más puramente barroca (movimiento, imaginación, desequilibrio, ruptura, innovación…).




A pesar de ser proclive a las historietas romanas, una vez dicho este debo aclarar que con los datos en la mano este rumor no es posible, ya que la iglesia se construyo pocos años después que la fuente. Ya que me he auto fastidiado un chismorreo romano, contaré otro... Resulta que otra de las cosas espectaculares que nos brinda el monumento es que sostiene un obelisco (realizado en el siglo I en la propia Roma) que descansa sobre un vano, es decir, no hay NADA debajo de la vertical del obelisco, su peso está repartido sobre cuatro pilares, en los cuales se encuentran cada una de las estatuas de los ríos, pero es algo mágico ver como se puede ver a través de la fuente cuando soporta algo tan pesado (más de 100 toneladas, el equivalente a 3 camiones de bomberos), se comenta que el día de su inauguración en la abarrotada plaza había tantos admiradores de Bernini ansiosos por admirar su nueva obra, como detractores del autor, deseosos de contemplar el desplome del obelisco y de la carrera del artista.
La plaza también cuenta con las bellas fuentes de Neptuno y del Moro, además del Palacio Paphilj, entre otros.
Quizás si Roma no hubiese decidido renovarse (los Papas se dieron cuenta que la capital de la Cristiandad no podía seguir siendo una ciudad tan peligrosa y caótica) justo en ese periodo… Quizás si Bernini no hubiese conocido jamás a Borromini… Quizás si la bonanza económica no hubiese permitido la realización de tal cantidad de obras de arte… Por fortuna, lo que es seguro, es que la confrontación de dos especialistas tremendamente competitivos, en un periodo de cambio y obsesión por la regeneración, nos regalan hoy la posibilidad de contemplar maravillas sin igual.
Luego me preguntan que porqué me gusta tanto Roma. Las casualidades se unen y los grandes personajes convergen mientras la Historia escribe sus más bellos capítulos por sus calles. ¿Qué más se puede pedir?